Viajando Por Narices
Pasear por las calles de Londres es algo que cuando tenga a mis nietos en las rodillas les recomendaré. Al menos, espero que siga siendo esa experiencia que me embelesó a mí. Al menos, espero tener nietos.
El mes de Febrero dio un soplo fuerte al calendario y Marzo llegó volando. A mi esos vientos me pillaron en la capital inglesa. Esos aires que partían del Támesis, pasaban por Trafalgar Square y terminaban pintando de rosa las fachadas de Nothing Hill.
Paseando con alguien de la mano todo toma otro cáliz. Como una de esas hormigas que anda cargada con una espiga de trigo a la espalda en el camino hacia su inmenso hormiguero me sentí yo, cuando bajé de aquel vagón de metro, con mi mochila a cuestas, y rozándome con toda persona que tenía prisa. Dirigidos por pasillos, escalando por escaleras mecánicas y obedeciendo carteles con flechas, aparecimos en la archí conocida zona del SOHO.
Mientras subíamos aquella bocana de metro en hora punta, y me sentí más obrero si cabe en aquel gigante hormiguero. Además no veníamos todos de la misma hormiga reina, ya que había hormigas negras, blancas, amarillas, incluso con turbante. Supuse que cosas del mundo globalizado.
Dejando atrás aquella algarabía, y zigzagueando por aquellas estrechas calles la vista dejó paso al olfato al mando del Ferrari de los sentidos. Un leve olor a carne recalentada en un kebap, plantas y flores recién regadas desde un balcón, el perfume impregnado en aquella anciana encorvada con una buena frotaboletosdeloteria, y sobretodo especias, entraban como un Expreso por mi nariz.
Cavilando un poco, recordé mis años de historia en el instituto. Cuando aquel profesor, creo que su genial nombre era Recesvinto, movía sus manos como quien dirige un timón de barco, y nos explicaba las grandes colonizaciones. Té y especias, era una de las mercancías que los ingleses traían de la India. Ahora todo cuadraba.
Creo que si me hubieran tapado los ojos hubiese llegado a esa plaza, aunque he de decir que la variedad cromática que entró por mi retina al torcer a la izquierda en aquella pequeña callezuela me sorprendió gratamente. Y lo hizo porque entre tanto tono rojizo y marrón de aquellos laberintos, esa plaza se convirtió en un estallido de colores inesperado.
Barriles de petróleo pintados con los colores de fichas de parchís eran rodeados por tablas de madera a modo de bancos, decorando el centro de la plaza. De ellos nacían jóvenes árboles que apenas superaban el metro.
La forma de la plaza era singular, quiero decir triangular. Con dos terracitas, una frente a la otra, la gente estaba disfrutando de su té en un pequeño paraíso cromático, pero sobretodo olfativo. Té verde, negro, rojo y frutal se mezclaban sobre ese triángulo rodeado de casas de 4 alturas. Además las Remedies Shops que completaban los bajos de la plaza, ponían su olor a hierbas de variopinta procedencia. Por su parte, las plantas que crecían en los balcones, muchas de algunas descendiendo para llegar al suelo, de esos afortunados vecinos ayudaban a aumentar la mezcla del lugar.
Pero si algo llamaba la atención era el olor fuerte a especias, que era el invitado de lujo, pero de desconocida procedencia en aquella plaza. Se mezclaba por los platos que decoraban la fachada de las tiendas, pintaba los marcos de las ventanas de los pisos, observada a los turistas desde el alto ático, y tras colarse en las mochilas de ellos, se hacía un hueco privilegiado en la mente de los que por allí andaban. Por lo menos eso me pasó a mi.
Pensé que un piso allí debería ser carísimo, independientemente del número de metros cuadrados o de los baños del mismo. Pero como si fuera un niño de tres años ante la televisión invadida por anuncios de juguetes susurré... “Yo quiero uno” ... Era el lugar ideal para vivir, si algún día acababa viviendo en ese gigante hormiguero londinense.
El mes de Febrero dio un soplo fuerte al calendario y Marzo llegó volando. A mi esos vientos me pillaron en la capital inglesa. Esos aires que partían del Támesis, pasaban por Trafalgar Square y terminaban pintando de rosa las fachadas de Nothing Hill.
Paseando con alguien de la mano todo toma otro cáliz. Como una de esas hormigas que anda cargada con una espiga de trigo a la espalda en el camino hacia su inmenso hormiguero me sentí yo, cuando bajé de aquel vagón de metro, con mi mochila a cuestas, y rozándome con toda persona que tenía prisa. Dirigidos por pasillos, escalando por escaleras mecánicas y obedeciendo carteles con flechas, aparecimos en la archí conocida zona del SOHO.
Mientras subíamos aquella bocana de metro en hora punta, y me sentí más obrero si cabe en aquel gigante hormiguero. Además no veníamos todos de la misma hormiga reina, ya que había hormigas negras, blancas, amarillas, incluso con turbante. Supuse que cosas del mundo globalizado.
Dejando atrás aquella algarabía, y zigzagueando por aquellas estrechas calles la vista dejó paso al olfato al mando del Ferrari de los sentidos. Un leve olor a carne recalentada en un kebap, plantas y flores recién regadas desde un balcón, el perfume impregnado en aquella anciana encorvada con una buena frotaboletosdeloteria, y sobretodo especias, entraban como un Expreso por mi nariz.
Cavilando un poco, recordé mis años de historia en el instituto. Cuando aquel profesor, creo que su genial nombre era Recesvinto, movía sus manos como quien dirige un timón de barco, y nos explicaba las grandes colonizaciones. Té y especias, era una de las mercancías que los ingleses traían de la India. Ahora todo cuadraba.
Creo que si me hubieran tapado los ojos hubiese llegado a esa plaza, aunque he de decir que la variedad cromática que entró por mi retina al torcer a la izquierda en aquella pequeña callezuela me sorprendió gratamente. Y lo hizo porque entre tanto tono rojizo y marrón de aquellos laberintos, esa plaza se convirtió en un estallido de colores inesperado.
Barriles de petróleo pintados con los colores de fichas de parchís eran rodeados por tablas de madera a modo de bancos, decorando el centro de la plaza. De ellos nacían jóvenes árboles que apenas superaban el metro.
La forma de la plaza era singular, quiero decir triangular. Con dos terracitas, una frente a la otra, la gente estaba disfrutando de su té en un pequeño paraíso cromático, pero sobretodo olfativo. Té verde, negro, rojo y frutal se mezclaban sobre ese triángulo rodeado de casas de 4 alturas. Además las Remedies Shops que completaban los bajos de la plaza, ponían su olor a hierbas de variopinta procedencia. Por su parte, las plantas que crecían en los balcones, muchas de algunas descendiendo para llegar al suelo, de esos afortunados vecinos ayudaban a aumentar la mezcla del lugar.
Pero si algo llamaba la atención era el olor fuerte a especias, que era el invitado de lujo, pero de desconocida procedencia en aquella plaza. Se mezclaba por los platos que decoraban la fachada de las tiendas, pintaba los marcos de las ventanas de los pisos, observada a los turistas desde el alto ático, y tras colarse en las mochilas de ellos, se hacía un hueco privilegiado en la mente de los que por allí andaban. Por lo menos eso me pasó a mi.
Pensé que un piso allí debería ser carísimo, independientemente del número de metros cuadrados o de los baños del mismo. Pero como si fuera un niño de tres años ante la televisión invadida por anuncios de juguetes susurré... “Yo quiero uno” ... Era el lugar ideal para vivir, si algún día acababa viviendo en ese gigante hormiguero londinense.
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